Susana
tenía dos vidas: una real y otra ficticia donde desembocaban todos los sueños
frustrados de la primera y que, sin embargo, ella recreaba como ciertos.
El problema era que Raquel soñaba como el que
se esfuerza por escapar de la constricción de una serpiente: cuanto más
esfuerzos por zafarse, más presión y menos oxígeno. Así, cuanto más se quebraba
su cuerpo bajo los golpes de Antonio, su marido, con más ahínco soñaba Raquel
que aquel no era Antonio, era otro que sufría, pero Antonio no, pobre Antonio,
que tanto la quería.
Sin
ti no soy nada o Tú
serás mía, de noche y de día… proclamaban las canciones que Raquel
escuchaba de niña para no oír el llanto de su madre, siempre cabizbaja y de
mirada lastimera. ¡Qué diferentes las chicas de las películas de amor!, bellas y dulces como merecía su padre. Antaño
un hombre de verdad antes de que su madre con su presencia fantasmal lo
transformará en el hombre sombrío e irritable que era.
Por eso, no titubeó al subirse en la parte trasera
de la moto de Antonio, tan hombre como lo había sido su padre.
Al principio fue como en las canciones, un amor
eterno que, sin embargo, duró un instante. Después, ante palabras de amor como
cubos vacíos sacados de un pozo ya seco, saciaron la sed con el alcohol que
despertó a un Antonio inseguro y celoso, pero aún lo suficientemente hombre
para echarle la culpa a ella cuando le pegó el primer bofetón. Raquel perdonó
por amor, hasta que realidad y ficción se mezclaron como dos colores en un
cuadro mojado, desdibujándola.
Solo cuando supo que estaba embarazada, la espiral
de autoengaño se desplegó en una línea que iba más allá de su idea del amor,
alejándolo de Antonio y sus amenazas. Algo que él, no podía permitir.
Raquel ingresó en el Hospital de San Juan por su
propio pie después de que la última paliza le hiciera temer por su hija.
Explicó que se había caído por unas escaleras. Una enfermera dejó a los pies de
su cama un formulario de denuncia. Para que no te vuelvas a caer, le dijo. Pero
solo lo firmó cuando sintió el vulnerable cuerpo de su hija en su pecho, cuando
sintió el verdadero amor, y se juró a sí misma que nadie volvería a ponerle una
mano encima a ninguna de las dos.
David Sáez (Enero 2017)

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