miércoles, 15 de marzo de 2017

VIOLENCIA DE GENERO



Susana tenía dos vidas: una real y otra ficticia donde desembocaban todos los sueños frustrados de la primera y que, sin embargo, ella recreaba como ciertos.
El problema era que Raquel soñaba como el que se esfuerza por escapar de la constricción de una serpiente: cuanto más esfuerzos por zafarse, más presión y menos oxígeno. Así, cuanto más se quebraba su cuerpo bajo los golpes de Antonio, su marido, con más ahínco soñaba Raquel que aquel no era Antonio, era otro que sufría, pero Antonio no, pobre Antonio, que tanto la quería.
Sin ti no soy nada o Tú serás mía, de noche y de día… proclamaban las canciones que Raquel escuchaba de niña para no oír el llanto de su madre, siempre cabizbaja y de mirada lastimera. ¡Qué diferentes las chicas de las películas de amor!,  bellas y dulces como merecía su padre. Antaño un hombre de verdad antes de que su madre con su presencia fantasmal lo transformará en el hombre sombrío e irritable que era. 
Por eso, no titubeó al subirse en la parte trasera de la moto de Antonio, tan hombre como lo había sido su padre.
Al principio fue como en las canciones, un amor eterno que, sin embargo, duró un instante. Después, ante palabras de amor como cubos vacíos sacados de un pozo ya seco, saciaron la sed con el alcohol que despertó a un Antonio inseguro y celoso, pero aún lo suficientemente hombre para echarle la culpa a ella cuando le pegó el primer bofetón. Raquel perdonó por amor, hasta que realidad y ficción se mezclaron como dos colores en un cuadro mojado, desdibujándola.
Solo cuando supo que estaba embarazada, la espiral de autoengaño se desplegó en una línea que iba más allá de su idea del amor, alejándolo de Antonio y sus amenazas. Algo que él, no podía permitir. 
Raquel ingresó en el Hospital de San Juan por su propio pie después de que la última paliza le hiciera temer por su hija. Explicó que se había caído por unas escaleras. Una enfermera dejó a los pies de su cama un formulario de denuncia. Para que no te vuelvas a caer, le dijo. Pero solo lo firmó cuando sintió el vulnerable cuerpo de su hija en su pecho, cuando sintió el verdadero amor, y se juró a sí misma que nadie volvería a ponerle una mano encima a ninguna de las dos.  

David Sáez (Enero 2017)

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