Hasta
el año 1996, los varones españoles estábamos obligados a la prestación
obligatoria del servicio militar a la patria, por un tiempo o duración que
oscilaba entre uno y dos años. Llegado mi turno, fui destinado a Ceuta, y a los
seis meses me concedían mi primer permiso. Ganas de ver a los míos me sobraban;
pero el dinero más bien escaseaba, y a pesar de que en aquella ciudad abundaban
las tiendas de los indios o hebreos que, vendían productos originales,
llamativos, y a unos precios de verdadera ganga, tan solo pude comprar un
pequeño aparato de radio a transitores, y una pistola mechero.
Pensé
que resultaría fácil, el pasar camuflada aquella diminuta radio por la aduana
de Algeciras. Pedí a un compañero que me la pegara con esparadrapo en la
espalda, justo entre los omoplatos. Encima mi traje de soldado, y el tabardo.
Este era el sistema empleado por los más veteranos para no tener que andar
declarando, y pagando los impuestos que nos
desplumaban, a veces, hasta el doble de lo pagado en tienda; cuando no te lo
decomisaban.
El
pase por la aduana consistía en depositar el equipaje abierto encima de un
largo mostrador, para que varios agentes de la guardia civil efectuaran el
oportuno registro; pero cada quince o veinte pasajeros, aleatoriamente, uno de
estos era conducido al cuarto del chequeo. Me había tocado la china, y
durante el breve espacio de tiempo que,
me llevó a la dependencia cerrada, mi cerebro se ponía a mil revoluciones. Me
veía en ropas menores, como se decía que ocurría allí dentro, o entregado a la
policía militar para devolverme al cuartel, por intentar hacer
contrabando, como los toros son devueltos a los toriles. Me vino a la memoria
el siguiente relato o suceso: “Una chica joven subía a un avión con destino a
USA. Cuando la sienta la azafata, ve que está sentada al lado de un cura, y le
dice:
-
Discúlpeme, Padre ¿Le puedo pedir un favor?
-
¡Claro, hija! ¿Qué puedo hacer por ti?
-
Compré en una tienda un secador de pelo maravilloso y muy caro. El caso es que
he sobrepasado los límites de la declaración. Estoy preocupada por la aduana.
¿Podría llevarlo debajo de su sotana?
-
¡Claro que puedo, hija! Pero tú sabes que yo no puedo mentir...
-
¡Tranquilo, Padre! Ud. tiene un rostro tan honesto que estoy segura que no le
harán ninguna pregunta. Y le dio el secador.
El
avión aterriza. y cuando el cura llega a la aduana, le preguntan:
-
Padre ¿Tiene algo que declarar?
-
Desde lo alto de mi cabeza hasta mi cintura, no tengo nada que declarar, hijo.
Respondió
el cura.
Encontrando
la respuesta algo extraña, el agente le preguntó:
-
¿Y de la cintura para abajo, qué es lo que tiene que declarar?
-
Tengo un aparato maravilloso destinado al uso doméstico, en especial para las
mujeres, pero que nunca ha sido usado...
Muerto
de risa, el agente exclamó:
-
¡Puede Pasar, Padre!
Volviendo
al cuarto del chequeo en la aduana de Algeciras, el guardia civil me ordenaba:
-Abra
usted los pies y extienda los brazos en forma de cruz.
Empezó
a cachearme, allá donde terminaban mis botas, y cuando sus manos andaban a la
altura de mis rodillas, me preguntó:
-¿Lleva
usted encima algo para declarar?
-Si
señor agente, llevo en el bolsillo una pistola- le contesté sin bajar mis
brazos. Para inmediatamente aclararle, después del sobresalto que se llevó al
nombrarle la pistola, que, se trataba de una pistola mechero.
- ¡A
ver! Sácala del bolsillo –me ordenaba el guardia civil, algo más sosegado.
Una
vez en sus manos, manifestó que era la primera que la veía de semejante tamaño,
y añadía: “
-Es un peligro levarla en el bolsillo. Se te puede
encender sin querer y quemarte.
Le
aclaré, y le mostré, cómo funcionaba el seguro de aquel mechero pistola, hasta
que aquel funcionario dio por terminado el registro, y me deseaba buen viaje.
Una vez en la calle, pude respirar con tranquilidad. De pura chiripa me escapé,
o quizás siempre se lo deberé al cura; pensaba en mi interior.
Moraleja:
“La Inteligencia marca la diferencia. No es necesario mentir, basta con escoger
las palabras correctas para seguir tu camino, sin necesidad de mentir, y con la
fortuna de la suerte soplando a favor”.
F. Sáez (Febrero 2017)