miércoles, 15 de marzo de 2017

ANOCHE HABLE CON SAN PEDRO



Confieso que siempre pequé de ser un poco dormilón; pero últimamente me encuentro un poco alterado, y encima he podido comprobar que, el tomar un café a media tarde, aumenta mi inquietud. Sobre las once de la noche, me introducía en la cama; pero mi cerebro andaba a mil revoluciones, produciéndome una inquietud que, vencía a mis ansias por quedarme dormido. Tan pronto estaba de lado, como boca abajo, y cubriendo mi cabeza por la almohada, como girado del otro costado. Empezaba a ver cosas extrañas, anormales para muchos.
Veía una multitud de estibadores protestando por su incierto futuro, y a la cabecera de una gran pancarta, estaban las figuras de Pablo Iglesias, junto a Alberto Rivera. Ahí no vi a ningún socialista, ni siquiera a la Susana. Del PP, mejor callar.

Sobre la una de la madrugada, estos gritos me despertaron,: “Adoro mi vida… Señor, dame paciencia para aguantar a tanta gente vacía, falsa e hipócrita. ¡Señor…te venero! …Soy un monstruo televisivo. Y vuelta con el…¡ Adoro mi vida!
¿Qué porque veo estos programas? Porque en mi casa mando yo, cuando no está mi señora. Ella duerme como las liebres, con un ojo abierto y el otro cerrado; pero si le apago la tele, es peor el remedio que la enfermedad. Tengo que esperar a que empiece a roncar, para apagarle la caja tonta, y ni aún así me libro de sus posteriores reprimendas. Ella duerme despierta, y yo vivo con mis sueños e inquietudes hasta despierto.
Vuelvo al sol y sombra de mí dormir, y en el siguiente flas, veo a una multitud de pensionistas rodeando el parlamento, gritando a coro: “Rajoy dimisión…devuélvenos la hucha”. Un “yayoflauta”, apoyado en su bastón, luce un letrero en su espalda, en el que puedo leer: “No soy un policía infiltrado, soy un pensionista indignado”.
En la siguiente escena aparece una juez  delgada, esbelta, morena, de pelo largo, y suelto como su afilada lengua que, suelta esta lindeza: «Hay una justicia para poderosos y otra para los que no lo son».
El “nodo” sigue, para escuchar esta noticia: “El cuñadísimo recibe una paga de 3000 euros al mes, para sufragar sus gastos, hasta que se resuelva su recurso”.
La siguiente escena, resulta algo más prolongada. Me encuentro  sentado en una terraza marquesina, frente al mar. La lluvia cada vez es más insistente, y el sol definitivamente deja de trabajar, para dar paso a un manto de nubes negras, cargadas con no muy buenas intenciones. Y comienza un nuevo espectáculo, el sol se marchó, y nos dejó sin luz; pero ahora son los rayos los que nos iluminan. Es un verdadero espectáculo, uno nunca sabe dónde aparecerá ese rayo, y se mantiene en la ventana del horizonte iluminado, que deja intuir la presencia de una embarcación. Se levanta una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: “Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?” Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: “Calla, enmudece”. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe? Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?
Enseguida supe que,  era un Sampedro de estatura media, de poblada barba blanca, con frente tan despejada que, a la luz de los relámpagos, relucía hasta su cogote, como de bola de billar. Vestía una larga túnica de color azul, calzaba unas sandalias propias de un pescador, y entre sus manos portaba una enorme llave dorada, como el entorchado de sus anchas bocamangas. Estaba sentado frente a mí, en un sillón de respaldo alto. Le pregunte: “Dime, San Pedro. Tú que tienes las llaves del cielo…¿Es verdad que es más difícil que entre un rico político ladrón, en tu reino de los cielos, que, un pobre pensionista pueda llegar al final del mes sin pasar penurias? San Pedro no contestó.  Yo supe, que, no era una estatua, porque parpadeaba, y movía sus ojos.
Le cambié de pregunta, diciéndole: “Mira San Pedro, te he reconocido tan pronto has aparecido, porque un ateo lo tendría más difícil; pero un creyente a su manera como yo, si te reconoce con los ojos del alma”. Te confieso que soy un “santotomasiano” que, creo en aquello que puede palpar,y ver con mis propios ojos. ¿Si tu señor levantara su cabeza, si resucitara ¿Con quién estaría, con los ricos o con los pobres?
San Pedro se estremeció ligeramente de su sillón; pero me volvió a dar su callada por respuesta. Intenté chincharle  un poco, provocarle con estas otras preguntas envenenadas, y encadenadas: ¿Por qué no me respondes?¿ ¿No serás un….?
No me dejó terminar la frase. En esta ocasión, San Pedro si me contestó, más que dándome respuestas, ordenándome:
¡Despierta buen hombre…despierta!
Y de pronto estaba sentado en mi cama; pero…. en el sillón de enfrente de mí, luciendo su brillante pelo negro azabache, sus botines, su corbata y sus amplios bigotes más blancos que, mis oscuras pesadillas, dormía plácidamente mi gata Quiteria.
Sabiendo por experiencias, que, los sueños son efímeros, como flor de un día, difíciles de recordar, de breve duración, porque tienen poca vida, y porque desaparece al poco tiempo. rapidamente cogí bolígrafo y folio, para tomas los necesarios apuntes, como pincelas en un lienzo, antes de que el sol desapareciera por el horizonte de mis pensamientos.
Como posible interpretación de estos mis sueños, reproduzco las palabras de un joven que se siente harto y cansado.

ESTOY HARTO

No he podido evitar vomitar todo lo que siento.

Puedo decir que no soy de los que se quejan,
que prefiero ganarme el cambio, y cada poco cuenta.
Es por eso que el quejarme hoy tanto me cuesta;
pero no hay más que pueda hacer, siento impotencia.

Harto

Podría decirlo más alto pero no más claro,
estoy harto de políticos corruptos, de bancos
de ladrones de traje, corbata y guante blanco,
de recortes, de rescates y de embargos.

Harto de avergonzarme de ser español, y de España.
De dictaduras teñidas de democracia,
rojas antes, luego azules , y a saber mañana;
pero hay cosas que detesto y que no cambian.

Que un concejal de festejos cobre más que un maestro,
que un catedrático de universidad, que un médico,
que nuestro sueldo mínimo no llegue a 700 euros,
y que el de un diputado no baje de 3500

Estoy harto de pagarles viajes, chóferes, cenas
en restaurantes de gran lujo, y tu mientras
sudando sangre, trabajando, pasando penas,
para poder llenar así otra vez la nevera.

Harto de coronas, de príncipes ladrones y princesas;
de reyes que acaparan maldades inconfesas.
Su majestad, símbolo de unidad, de permanencia,
más bien símbolo de malestar y decadencia

Me da rabia,
Que se mueva la gente por otras cosas,
por el Madrid, por el Barça, por la Eurocopa,
por enseñar, que buenos somos a toda Europa.
Con el fútbol nos engañan y nos ciegan con la roja

Muy harto de escuchar, que mil jóvenes se marchan
cada día a Reino unido, Noruega o Alemania,
que hoy en día, tres carreras ya no bastan,
que hoy se premia la ignorancia

Cansado de Paquirrines, Jorgianos y Pantojos,
empachado de tragar tanta salsa rosa.
Fulanas, yonkis, idiotas chorizos,
de repente, son ahora gente famosa

No entiendo,
Que cada día pretendan que me crea el cuento,
de que la “fiesta” de los toros es algo bueno,
o que matar por hobby en la plaza, es algo nuestro.
No es mío, eso seguro, y es triste que sea vuestro.

Harto de escudos, de porras, de cargas,
de piedras, y de los que las lanzan…
 que los puños ganen siempre a las palabras,
y de que al final resulte que nadie gane nada.

Estoy harto

Puedo decirlo más alto; pero no más claro.
Del hambre, desahucios, de robos, del paro,
de que me obliguen cada día a aguantar tanto.
Hoy ya no puedo más, hoy ya no aguanto.

Qué más da lo que diga, no cambiará nada.
Me acusarán de vivir en un cuento de hadas.
No pido riqueza, ni halagos, ni otras bobadas;
sólo lo que es mío, y ellos me arrebatan

Estoy harto
F. Sáez (3 Marzo 2017)

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